Ojalá les guste y espero sus comentarios para transmitirselos a ella. Chau!
RAÍZ DE MIS ALBORES
El barrio es una selva de carcajadas, no más es que vean a la Fiera acercarse y todo el que la ve le toma el pelo y ella le devuelve una burla más grande y cargada de impertinencia que pareciera que todos tuvieran años de no reírse o tuvieran el saco de la risa atascado y de repente este se liberara y de pronto el ambiente se envuelve en una red de jolgorio.
La Fiera está alcanzando los setenta y dos, camina forcejeando con el tiempo y su cuerpo se dobla un poco como haciéndole la venia a la efímera tierra que ya casi la quiere acuartelar, pero no se deja abatir por nada ni por nadie, _ya quisieran verme doblar el moco, le grita a una de sus vecinas que siempre le maman gallo por lo terca que es. Camina erguida y todavía quedan los rezagos de la juventud en el contoneo de sus caderas.
Desde niña fue una mujer luchadora, creció entre el olor a ordeño de vaca, guacales de ahuyama. Aun hoy dice que ella iba a ser hombre y que por un susto de su madre se le atrofió el sexo y terminó siendo una niña con tendencia a juegos masculinos. Recuerda que le decían la cabezona y que nadie le ganaba jugando al boliche, ni tirándose en las albercas de los ríos, ni mucho menos cazando camarones en los estancos. _Mi niñez fue corta, dice, yo me calenté temprano y tuve marido a muy corta edad, ya a los quince años tenía mi primer hijo, pero la vida me ha tratado duro_, le cuenta a sus nietos mientras se mira la punta de los pies.
La modernidad le ha traído muchos achaques y ella se culpa a sí misma, pues cuenta que en su juventud, cuando apenas tenía 2 hijos, ella se montaba al hombro los sacos de yuca y guineo, y cargaba las bolsas de cemento para ayudar al esposo con la casa. Cuando habla de sus tiempos de finca, en sus ojos se reflejan las grandes cascadas en las que ella cazaba camarones y su cara se convierte toda, en una inmensa luna esplendorosa de felicidad al recordar que un día tuvo la vitalidad que hoy ve en sus hijos.
Quien la ve a primera vista siente la inmensidad de su corazón, es tajantemente noble, disfruta el dar, y le encanta hacerse compromisos con la gente: _ah si, yo te voy a buscar una medicinas que ya no estoy tomando,_ o _Ve por allá para darte una ropita_. Algunos creen que tiene mucha plata guardada porque siempre luce impecable, olorosa como los jazmines, tan limpia como la nieve de las películas.
Quién mejor que ella para los juegos de azar, 10 años atrás no sabía lo que estos significaban, pero desde que se separó de su esposo utilizó estos como subterfugio, no hay quien la saque de ellos, ni siquiera sus hijos que le reprochan una y otra vez y ella sólo les dice _no lindos, ya yo no tengo quien me prohíba nada, vayan a mandar en sus casas_, y oronda se va para su bingo y vuelve ya al anochecer; y antes de entrar a la casa rastrilla los píes y dice con un suspiro de desencanto _nada no hice ni mierda…_ y entra, pone su bolso en el sofá y grita _tengo hambre, que hay por ahí de comer?_. Cuando la hija le pasa la comida, come como si le fueran a robar el plato y al mismo tiempo pregunta _¿cómo quedó la novela?_ Los nietos le responden y la miran con extrañeza.
Cuándo se va la luz todos en el barrio la buscan, se aglomeran a su alrededor y se divierten con los cuentos y juegos que ella inventa. Cuándo el calor se hace sentir dice con tono autoritario _¡sopla brisa soplona! ¡como soplaste en Pamplona!_ y todos se asombran ante la llegada del viento. Los chicos son felices haciéndola hablar, le meten conversación y todos los ojos se convierten en uno solo atento a sus movimientos, a lo que no ha dicho, pero ya lo presienten y vuelven las carcajadas de cascabeles. Luego cambian los cuentos por adivinanzas y lanza sus acertijos de doble sentido, hasta que sale la hija y dice _ya esta bueno de tanta grosería, ¡calabaza!_. Calabaza y todos se van, mientras ella hace un gesto con la boca como queriéndole decir a la hija “para fregarte, amargada” y le grita a los chicos, _nos vemos mañana_ y cuando la hija da la espalda le hace seña a los chicos con su dedo dándose vuelta en la oreja, ellos se ríen y se van con ganas de devolverse.
La fiera es de manera extraña muy caritativa, ella va a la casa de las hijas y se lleva algunas cosas sin que éstas se den cuenta, ella supone que ya no sirven o que sus hijas poseen demasiado y luego lo echa para adelante, se lo da a algún familiar que se acerque a pedirle o simplemente los guarda. A ella le encanta regalar así sea lo que no es de ella y si sus hijas le peguntan mamá tu te llevaste tal cosa, ella con cara de molesta y firme franqueza dice _¿Yo?, no hijitas, yo no necesito cogerle nada a ustedes, busquen sus vainas por otro lado, ustedes son muy desordenadas_.
Es autoritaria, desde que se levanta empieza a dar órdenes que ella misma cumple, pues sus nietos apenas le obedecen a una o dos, pero el resto es ella misma quien las realiza. Le fascina que le hagan regalos lujosos, y pobre de aquel que le lleve un pan o una galleta, inmediatamente la prueba arruga su rostro y dice _esto está crudo_ o hace cualquier otro comentario desagradable, pero ya sus hijos esperan lo que va a decir. Si le brindan un jugo ácido después de las seis de la tarde, dice _no gracias, porque se me pone el buche agrio..._; y si le pide agua y se la dan fresca, dice _¡Esta agua está gorda!_.
Aun con todo eso, sus hijos la adoran y se divierten con sus cosas. A veces hace preguntas en las que ya ella conoce las respuestas, pero le gusta mostrarse ignorante ante los hijos. En ocasiones cuando va a llamar a su hija menor se confunde y los nombra a todos, hasta nombrar el que ella quiere.
Es un toque orquestal cuando está en la cocina: tira platos, suena las ollas y esto lo complementa con su voz, con la cual le canta a la comida, pues dice que así queda más deliciosa. Entona las canciones con su propia melodía y sus hijas se ríen porque alarga los tiempos al final de las canciones o cambia la letra acomodándola a sus sentimientos.
Ténganle miedo cuando amanece con llaguitas en la boca, ese día patea desde el perro hasta la escoba y maldice desde la China hasta la Conchichina y lanza escupitajos por donde camina, maldiciendo a aquel infeliz que se le dio por inventar las llaguitas y no se las pudo poner a su madre en el lugar donde ya sabemos; y su cara toma miles de formas, se queja con todo el que llega y se levanta el labio superior para que le vean las malditas llagas, como ella las llama, y suplica a todos los santos que por favor se acuerden de ella y hasta dice que ya Diosito debe recogerla. Cuando ya se siente bien, entonces dice que ella está muy joven para morirse, que la vida es muy rica, aunque sea comiendo arroz con queso.
Es muy feliz cuando se hacen fiestas de cumpleaños en su casa, está pendiente donde ponen los dulces y durante la fiesta coge de todo un poquito y sale a la calle y le reparte a los niños que no invitaron y a todo el vecindario.
Si es su cumpleaños, se levanta bien temprano, organiza lo que se va a repartir, lo primero y lo mas indispensable para ella son sus crocantes y espléndidos deditos, amasarlos para ella es toda un rito, y aunque ha hechos tantos para tantas fiestas, siempre llama a algún catador de pasabocas para que le de su concepto y la haga sentir mas orgullosa de su preparación, y con detalle y paciencia prepara hasta trescientos. Luego piensa en el trago y en la comida, pero antes que todo, en sus nietos, porque así las fiestas sean de viejos ellos también se deben divertir y deben comer de todo.
Ella no sabe porque festeja tanto sus cumpleaños si a la larga cada vez esta mas vieja y además, ya ni baila. Cuando comienza la fiesta, sus hijos son los primeros en llegar. Ella se multiplica para todos y quiere sacar hasta lo que no tiene para que todos se sientan bien.
Sufre de un gran problema y es tener guardado toda la perchería fina que le traen sus nietos y sus hijos. Su hija mayor le dice a veces “la pobre viejecita” porque en su closet, tiene de cuanto trapo uno pueda imaginarse, buenos y muy costosos; pero a ella le encantan son las franelas chinas que reparten los políticos en elecciones y los “chores” que ella misma hace de sus pantalones viejos para estar en casa. A ella no le importa, pero eso sí, si va a salir le fascinan los perfumes y todo el tiempo está olorosa a flores, a jazmines y si alguien la halaga, le contesta _¡Imagínate! yo vieja y hedionda... ¡nada que ver!, para eso gano mi platica para darme mis gustos..._, por eso es que en el barrio creen que tiene plata porque usa fragancias carísimas y a ella no le incomoda para nada que crean que tiene plata; hasta ella misma cree por ratos que es de un estrato social mas alto que los de su barrio.
Y si la quieren ver orgullosa de todo a todo, pregúntenle por sus hijos. Se “empoja” como una gallina y engloba los mejores adjetivos y no los baja de doctores y comienza a decir que eso gracias a su lucha y tesón, que ella si supo educar a sus hijos y que por eso se siente engreída y que nadie en el barrio “le va echar vaina”, porque si ellos son lo que son es gracias a ella, son unos jóvenes educados, _¡ah! es que todavía me acuerdo_, le dice a sus vecinos, _cuando mis hijos estaban pequeños y llegaba alguien a visitarme, yo nada mas le despepitaba los ojos y ellos sabían que debían desaparecer de por ahí, y ¡ay de ellos cuando no querían ir al colegio!, sacaba mi tabla, y enseguida todos volaban de la cama_. _Eso si_, dice con tono nostálgico y con cierta incertidumbre _La que me salió tesa fue mi hija menor... Vea, esa condenada iba mal en los estudios, y recuerdo que un día me citaron; y cuando llegué, que me comenzaron a contar todo lo malo que hacía, le rebané una cachetada delante de la rectora y le di orden a todos los maestros que le pegaran: Vea... y es que me acuerdo como si fuera hoy, cuando salimos de la reunión la regañé, y la muy infeliz se pasó al otro lado de la acera y cuando yo me iba a ese lado, ella enseguida se iba para el otro, pero así le fue, le di una muenda como para ella sola. Y fíjese que no me perdió nunca un año. ¡Ah! es que yo si supe educar a mis retoños._
Allá viene la Fiera, con las manos cargadas de comida y dulces para los suyos, cuando pasa al lado de sus hijos éstos hacen bromas y se ríen a carcajadas y la madre al ver que están contentos y risueños, los mira con asombro y les grita _alegría de burro viejo, maíz barato_. Todos sueltan la risa y la hija le responde _Ni quien vaya, ni quien venga..._ y ella termina _y la burra tirada en el suelo_. Parecen una familia de locos que gira alrededor de esta bella dama, que ya ha empezado a ser como la matrona del barrio.
Los niños son los que mas se recrean con ella, a toda hora la casa esta llena de chicuelos que la invitan a jugar dominó, macana, lotería, bingo o cartas, y con cada uno de ellos juega hasta determinado tiempo y de pronto termina peleando con ellos, les dice que no la vuelvan a invitar a jugar, que ellos son muy llorones y como las fichas o cartas son de ella, las recoge y se va. Entra a la casa con una sonrisa pícara y ellos comienzan desde la puerta a llamarla _Fiera, fiera, ven sigamos jugando_, y ella les da un lenguadazo y sale nuevamente y así se la pasan toda una tarde.
Ayer estaba triste la Fiera, se sentó en su mecedor marrón, y se puso a escuchar música de la vieja guardia. De repente toda la nostalgia de sus setenta y dos años se le vino encima, la apretujaba, le acariciaba los recuerdos y extrañó su juventud, lloró por la forma como el tiempo se le había ido sin darse cuenta, por la distancia tan corta que había entre ella y la muerte. La soledad se había estacionado sobre ella, cantaba con llanto entrecortado _si yo muero primero yo te prometo…_ pensó en su esposo, dónde estaría en estos momentos, lo recorrió en el pasado y vio a un hombre egoísta y poco humilde. Se secó las lágrimas para que su hija que salía al patio no la viera llorar, fue hacia la alberca se lavó la cara y no se dio cuenta que su hija ya conocía esos momentos porque eran los mismos que la atacaban a ella cuando el peso de la misma vida y de la incertidumbre llegaban a visitarla.
Como mandado de Dios, en esos momentos llegó Andrés, ella no lo reconocía ante el resto de sus hijos por no causarle celos, pero este era su adoración. _Es que este hijo si salió igualitico a mí, pensaba muchas veces, tiene mi cabello y conmigo es muy especial_. Enseguida el la abrazó y todo el malestar que sentía se le pasó.
Es muy temprano y la Fiera tiene cita con sus tres hijas, ella le dice los tres destinos, porque son unidas de todo a todo. Ahora está preocupada pues ella quisiera ir con su blusa de bolas rojas y su bermuda de Jean, pero sabe que la artista de su hija, como ella la llama, se molesta como la vea llegar mal trajeada, lleva horas buscando que ponerse y al final decide que será la blusa de bolas rojas y piensa _¡Qué carajo! si no me quieren ver así allá ellas, la ropa es mía y yo me pongo lo que yo quiera_. Ya va llegando al lugar concertado y se concentra en el rostro de sus hijas y piensa _como me digan algo, las mando al carajo y me voy para mi bingo_. Las hijas que ya se la aprendieron de memoria la reciben con un fuerte abrazo y todas dicen en coro _¡caramba, definitivamente la chica de las bolas rojas!_, todas sueltan la carcajada y se van caminando preocupadas por encontrar un buen restaurante donde su mamá se sienta cómoda, que le sirvan una comida que no le ponga el buche agrio, donde no le sirvan el agua gorda y donde por nada del mundo le muestren la carta porque entonces le duele el precio y pide que vayan a un lugar mas barato.
Ahora están todos en el restaurante comiendo, la fiera mira a todos lados y con disimulo saca una bolsita, se cerciora que las hijas no la estén viendo y guarda la mitad de la comida. Nunca puede comerse todo lo que le brinden en la calle pues tiene que llevarles a sus nietos.
De vuelta a casa descansa en su cama, ve televisión y si llega alguien le cuenta con exageración que sus hijas la llevaron al restaurante mas costoso de la ciudad y que a esas mujeres no le duele gastarse la plata, entonces aprovecha y saca la comida y dice _¡Mira como habremos comido, que hasta hubo para traer!_.
Esta mujer es sin duda la matrona del barrio, si no la ven, ya hace falta. Todos le gritan con cariño _fiera, ¿para donde vas?_ y ella le responde _por ahí, donde me lleven los pies_.
Es triste imaginarse como será un día la vida sin esta mujer, es el tesón, la alegría y el ocio en una sola pócima. Ella dice que hay fiera para mucho rato y que el día que se muera será su mejor día porque irán con ella todos los que la quisieron, pero eso si que se cuiden de ir chismoso o gente que a ella no le hable porque se levanta del cajón y le saca los ojos.
La Fiera está alcanzando los setenta y dos, camina forcejeando con el tiempo y su cuerpo se dobla un poco como haciéndole la venia a la efímera tierra que ya casi la quiere acuartelar, pero no se deja abatir por nada ni por nadie, _ya quisieran verme doblar el moco, le grita a una de sus vecinas que siempre le maman gallo por lo terca que es. Camina erguida y todavía quedan los rezagos de la juventud en el contoneo de sus caderas.
Desde niña fue una mujer luchadora, creció entre el olor a ordeño de vaca, guacales de ahuyama. Aun hoy dice que ella iba a ser hombre y que por un susto de su madre se le atrofió el sexo y terminó siendo una niña con tendencia a juegos masculinos. Recuerda que le decían la cabezona y que nadie le ganaba jugando al boliche, ni tirándose en las albercas de los ríos, ni mucho menos cazando camarones en los estancos. _Mi niñez fue corta, dice, yo me calenté temprano y tuve marido a muy corta edad, ya a los quince años tenía mi primer hijo, pero la vida me ha tratado duro_, le cuenta a sus nietos mientras se mira la punta de los pies.
La modernidad le ha traído muchos achaques y ella se culpa a sí misma, pues cuenta que en su juventud, cuando apenas tenía 2 hijos, ella se montaba al hombro los sacos de yuca y guineo, y cargaba las bolsas de cemento para ayudar al esposo con la casa. Cuando habla de sus tiempos de finca, en sus ojos se reflejan las grandes cascadas en las que ella cazaba camarones y su cara se convierte toda, en una inmensa luna esplendorosa de felicidad al recordar que un día tuvo la vitalidad que hoy ve en sus hijos.
Quien la ve a primera vista siente la inmensidad de su corazón, es tajantemente noble, disfruta el dar, y le encanta hacerse compromisos con la gente: _ah si, yo te voy a buscar una medicinas que ya no estoy tomando,_ o _Ve por allá para darte una ropita_. Algunos creen que tiene mucha plata guardada porque siempre luce impecable, olorosa como los jazmines, tan limpia como la nieve de las películas.
Quién mejor que ella para los juegos de azar, 10 años atrás no sabía lo que estos significaban, pero desde que se separó de su esposo utilizó estos como subterfugio, no hay quien la saque de ellos, ni siquiera sus hijos que le reprochan una y otra vez y ella sólo les dice _no lindos, ya yo no tengo quien me prohíba nada, vayan a mandar en sus casas_, y oronda se va para su bingo y vuelve ya al anochecer; y antes de entrar a la casa rastrilla los píes y dice con un suspiro de desencanto _nada no hice ni mierda…_ y entra, pone su bolso en el sofá y grita _tengo hambre, que hay por ahí de comer?_. Cuando la hija le pasa la comida, come como si le fueran a robar el plato y al mismo tiempo pregunta _¿cómo quedó la novela?_ Los nietos le responden y la miran con extrañeza.
Cuándo se va la luz todos en el barrio la buscan, se aglomeran a su alrededor y se divierten con los cuentos y juegos que ella inventa. Cuándo el calor se hace sentir dice con tono autoritario _¡sopla brisa soplona! ¡como soplaste en Pamplona!_ y todos se asombran ante la llegada del viento. Los chicos son felices haciéndola hablar, le meten conversación y todos los ojos se convierten en uno solo atento a sus movimientos, a lo que no ha dicho, pero ya lo presienten y vuelven las carcajadas de cascabeles. Luego cambian los cuentos por adivinanzas y lanza sus acertijos de doble sentido, hasta que sale la hija y dice _ya esta bueno de tanta grosería, ¡calabaza!_. Calabaza y todos se van, mientras ella hace un gesto con la boca como queriéndole decir a la hija “para fregarte, amargada” y le grita a los chicos, _nos vemos mañana_ y cuando la hija da la espalda le hace seña a los chicos con su dedo dándose vuelta en la oreja, ellos se ríen y se van con ganas de devolverse.
La fiera es de manera extraña muy caritativa, ella va a la casa de las hijas y se lleva algunas cosas sin que éstas se den cuenta, ella supone que ya no sirven o que sus hijas poseen demasiado y luego lo echa para adelante, se lo da a algún familiar que se acerque a pedirle o simplemente los guarda. A ella le encanta regalar así sea lo que no es de ella y si sus hijas le peguntan mamá tu te llevaste tal cosa, ella con cara de molesta y firme franqueza dice _¿Yo?, no hijitas, yo no necesito cogerle nada a ustedes, busquen sus vainas por otro lado, ustedes son muy desordenadas_.
Es autoritaria, desde que se levanta empieza a dar órdenes que ella misma cumple, pues sus nietos apenas le obedecen a una o dos, pero el resto es ella misma quien las realiza. Le fascina que le hagan regalos lujosos, y pobre de aquel que le lleve un pan o una galleta, inmediatamente la prueba arruga su rostro y dice _esto está crudo_ o hace cualquier otro comentario desagradable, pero ya sus hijos esperan lo que va a decir. Si le brindan un jugo ácido después de las seis de la tarde, dice _no gracias, porque se me pone el buche agrio..._; y si le pide agua y se la dan fresca, dice _¡Esta agua está gorda!_.
Aun con todo eso, sus hijos la adoran y se divierten con sus cosas. A veces hace preguntas en las que ya ella conoce las respuestas, pero le gusta mostrarse ignorante ante los hijos. En ocasiones cuando va a llamar a su hija menor se confunde y los nombra a todos, hasta nombrar el que ella quiere.
Es un toque orquestal cuando está en la cocina: tira platos, suena las ollas y esto lo complementa con su voz, con la cual le canta a la comida, pues dice que así queda más deliciosa. Entona las canciones con su propia melodía y sus hijas se ríen porque alarga los tiempos al final de las canciones o cambia la letra acomodándola a sus sentimientos.
Ténganle miedo cuando amanece con llaguitas en la boca, ese día patea desde el perro hasta la escoba y maldice desde la China hasta la Conchichina y lanza escupitajos por donde camina, maldiciendo a aquel infeliz que se le dio por inventar las llaguitas y no se las pudo poner a su madre en el lugar donde ya sabemos; y su cara toma miles de formas, se queja con todo el que llega y se levanta el labio superior para que le vean las malditas llagas, como ella las llama, y suplica a todos los santos que por favor se acuerden de ella y hasta dice que ya Diosito debe recogerla. Cuando ya se siente bien, entonces dice que ella está muy joven para morirse, que la vida es muy rica, aunque sea comiendo arroz con queso.
Es muy feliz cuando se hacen fiestas de cumpleaños en su casa, está pendiente donde ponen los dulces y durante la fiesta coge de todo un poquito y sale a la calle y le reparte a los niños que no invitaron y a todo el vecindario.
Si es su cumpleaños, se levanta bien temprano, organiza lo que se va a repartir, lo primero y lo mas indispensable para ella son sus crocantes y espléndidos deditos, amasarlos para ella es toda un rito, y aunque ha hechos tantos para tantas fiestas, siempre llama a algún catador de pasabocas para que le de su concepto y la haga sentir mas orgullosa de su preparación, y con detalle y paciencia prepara hasta trescientos. Luego piensa en el trago y en la comida, pero antes que todo, en sus nietos, porque así las fiestas sean de viejos ellos también se deben divertir y deben comer de todo.
Ella no sabe porque festeja tanto sus cumpleaños si a la larga cada vez esta mas vieja y además, ya ni baila. Cuando comienza la fiesta, sus hijos son los primeros en llegar. Ella se multiplica para todos y quiere sacar hasta lo que no tiene para que todos se sientan bien.
Sufre de un gran problema y es tener guardado toda la perchería fina que le traen sus nietos y sus hijos. Su hija mayor le dice a veces “la pobre viejecita” porque en su closet, tiene de cuanto trapo uno pueda imaginarse, buenos y muy costosos; pero a ella le encantan son las franelas chinas que reparten los políticos en elecciones y los “chores” que ella misma hace de sus pantalones viejos para estar en casa. A ella no le importa, pero eso sí, si va a salir le fascinan los perfumes y todo el tiempo está olorosa a flores, a jazmines y si alguien la halaga, le contesta _¡Imagínate! yo vieja y hedionda... ¡nada que ver!, para eso gano mi platica para darme mis gustos..._, por eso es que en el barrio creen que tiene plata porque usa fragancias carísimas y a ella no le incomoda para nada que crean que tiene plata; hasta ella misma cree por ratos que es de un estrato social mas alto que los de su barrio.
Y si la quieren ver orgullosa de todo a todo, pregúntenle por sus hijos. Se “empoja” como una gallina y engloba los mejores adjetivos y no los baja de doctores y comienza a decir que eso gracias a su lucha y tesón, que ella si supo educar a sus hijos y que por eso se siente engreída y que nadie en el barrio “le va echar vaina”, porque si ellos son lo que son es gracias a ella, son unos jóvenes educados, _¡ah! es que todavía me acuerdo_, le dice a sus vecinos, _cuando mis hijos estaban pequeños y llegaba alguien a visitarme, yo nada mas le despepitaba los ojos y ellos sabían que debían desaparecer de por ahí, y ¡ay de ellos cuando no querían ir al colegio!, sacaba mi tabla, y enseguida todos volaban de la cama_. _Eso si_, dice con tono nostálgico y con cierta incertidumbre _La que me salió tesa fue mi hija menor... Vea, esa condenada iba mal en los estudios, y recuerdo que un día me citaron; y cuando llegué, que me comenzaron a contar todo lo malo que hacía, le rebané una cachetada delante de la rectora y le di orden a todos los maestros que le pegaran: Vea... y es que me acuerdo como si fuera hoy, cuando salimos de la reunión la regañé, y la muy infeliz se pasó al otro lado de la acera y cuando yo me iba a ese lado, ella enseguida se iba para el otro, pero así le fue, le di una muenda como para ella sola. Y fíjese que no me perdió nunca un año. ¡Ah! es que yo si supe educar a mis retoños._
Allá viene la Fiera, con las manos cargadas de comida y dulces para los suyos, cuando pasa al lado de sus hijos éstos hacen bromas y se ríen a carcajadas y la madre al ver que están contentos y risueños, los mira con asombro y les grita _alegría de burro viejo, maíz barato_. Todos sueltan la risa y la hija le responde _Ni quien vaya, ni quien venga..._ y ella termina _y la burra tirada en el suelo_. Parecen una familia de locos que gira alrededor de esta bella dama, que ya ha empezado a ser como la matrona del barrio.
Los niños son los que mas se recrean con ella, a toda hora la casa esta llena de chicuelos que la invitan a jugar dominó, macana, lotería, bingo o cartas, y con cada uno de ellos juega hasta determinado tiempo y de pronto termina peleando con ellos, les dice que no la vuelvan a invitar a jugar, que ellos son muy llorones y como las fichas o cartas son de ella, las recoge y se va. Entra a la casa con una sonrisa pícara y ellos comienzan desde la puerta a llamarla _Fiera, fiera, ven sigamos jugando_, y ella les da un lenguadazo y sale nuevamente y así se la pasan toda una tarde.
Ayer estaba triste la Fiera, se sentó en su mecedor marrón, y se puso a escuchar música de la vieja guardia. De repente toda la nostalgia de sus setenta y dos años se le vino encima, la apretujaba, le acariciaba los recuerdos y extrañó su juventud, lloró por la forma como el tiempo se le había ido sin darse cuenta, por la distancia tan corta que había entre ella y la muerte. La soledad se había estacionado sobre ella, cantaba con llanto entrecortado _si yo muero primero yo te prometo…_ pensó en su esposo, dónde estaría en estos momentos, lo recorrió en el pasado y vio a un hombre egoísta y poco humilde. Se secó las lágrimas para que su hija que salía al patio no la viera llorar, fue hacia la alberca se lavó la cara y no se dio cuenta que su hija ya conocía esos momentos porque eran los mismos que la atacaban a ella cuando el peso de la misma vida y de la incertidumbre llegaban a visitarla.
Como mandado de Dios, en esos momentos llegó Andrés, ella no lo reconocía ante el resto de sus hijos por no causarle celos, pero este era su adoración. _Es que este hijo si salió igualitico a mí, pensaba muchas veces, tiene mi cabello y conmigo es muy especial_. Enseguida el la abrazó y todo el malestar que sentía se le pasó.
Es muy temprano y la Fiera tiene cita con sus tres hijas, ella le dice los tres destinos, porque son unidas de todo a todo. Ahora está preocupada pues ella quisiera ir con su blusa de bolas rojas y su bermuda de Jean, pero sabe que la artista de su hija, como ella la llama, se molesta como la vea llegar mal trajeada, lleva horas buscando que ponerse y al final decide que será la blusa de bolas rojas y piensa _¡Qué carajo! si no me quieren ver así allá ellas, la ropa es mía y yo me pongo lo que yo quiera_. Ya va llegando al lugar concertado y se concentra en el rostro de sus hijas y piensa _como me digan algo, las mando al carajo y me voy para mi bingo_. Las hijas que ya se la aprendieron de memoria la reciben con un fuerte abrazo y todas dicen en coro _¡caramba, definitivamente la chica de las bolas rojas!_, todas sueltan la carcajada y se van caminando preocupadas por encontrar un buen restaurante donde su mamá se sienta cómoda, que le sirvan una comida que no le ponga el buche agrio, donde no le sirvan el agua gorda y donde por nada del mundo le muestren la carta porque entonces le duele el precio y pide que vayan a un lugar mas barato.
Ahora están todos en el restaurante comiendo, la fiera mira a todos lados y con disimulo saca una bolsita, se cerciora que las hijas no la estén viendo y guarda la mitad de la comida. Nunca puede comerse todo lo que le brinden en la calle pues tiene que llevarles a sus nietos.
De vuelta a casa descansa en su cama, ve televisión y si llega alguien le cuenta con exageración que sus hijas la llevaron al restaurante mas costoso de la ciudad y que a esas mujeres no le duele gastarse la plata, entonces aprovecha y saca la comida y dice _¡Mira como habremos comido, que hasta hubo para traer!_.
Esta mujer es sin duda la matrona del barrio, si no la ven, ya hace falta. Todos le gritan con cariño _fiera, ¿para donde vas?_ y ella le responde _por ahí, donde me lleven los pies_.
Es triste imaginarse como será un día la vida sin esta mujer, es el tesón, la alegría y el ocio en una sola pócima. Ella dice que hay fiera para mucho rato y que el día que se muera será su mejor día porque irán con ella todos los que la quisieron, pero eso si que se cuiden de ir chismoso o gente que a ella no le hable porque se levanta del cajón y le saca los ojos.